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El Sr. Chandler & El Bar Ballenero

Catálogo de la Exhibición
Raúl Guerrero en el Athenaeum (Ateneo) Librería de Música & Arte / 10 de Noviembre – 29 de Diciembre, 2007

Raúl Guerrero, “El Bar Ballenero” dibujo – 2003, pastel suave, casein, 20.5 x 29 pulbadas

“Durante años, antes de mudarse a La Jolla, Raymond y Cissy Chandler habían llevado una vida nómada, mudándose dos o tres veces al año alrededor de Los Angeles, siempre rentando departamentos amueblados. En sus treinta años de matrimonio, se trasladaron casi dos docenas de veces. Creo que es una de las razones por las cuales Chandler escribió tan bien sobre Los Ángeles – porque lo conocía íntimamente desde perspectivas muy diferentes.” – Judith Freeman

Uno podría preguntarse, ¿por qué se mudaban tan a menudo? La respuesta, en parte, es que Chandler era un hombre inquieto, en busca constante de nuevos lugares que estimularan su imaginación. Los Chandler también eran personas muy exigentes y frecuentemente encontraban fallas en los lugares que rentaban. En verdad, su sentido del arraigo fue del uno hacia el otro, del mundo introvertido que crearon juntos, y las muchas casas o departamentos que ocuparon no significaban nada para ellos, o casi nada, en comparación con su sentido de pertenencia entre sí.

Los Chandler se mudaron a La Jolla en 1946, cuando él tenía 59 años y su esposa Cissy, 77. Cissy siempre había querido vivir en La Jolla. Los Chandler comenzaron a vacacionar en la encantadora ciudad costera hacia finales de los años 30′s, a veces quedándose un mes o más, hasta que finalmente, con el dinero que Chandler hizo como escritor, pudieron permitirse el lujo de comprar una casa en 6005 Camino de la Costa, por la entonces espléndida suma de $40.000. Un lugar modesto para los estándares actuales, pero situado frente a la bahía, con una espléndida vista al mar y agradables habitaciones que daban hacia un patio central. La casa en el Camino de la Costa fue la primera casa que compraron, y también la última. Cissy murió en 1954 de una enfermedad pulmonar crónica, ocho años después de haberse establecido en la ciudad costera. Después de unos meses Chandler vendió la casa y retomó la vida nómada.

Él había sido extremadamente dedicado a su mujer, a pesar de que ella lo había engañado en el momento de su casarse en 1924, declarando 43 años de edad en el certificado de matrimonio, en lugar de 53, su verdadera edad (Chandler tenía 35 años en aquel tiempo). No fue sino hasta tiempo después que Chandler averiguó que se había casado con una mujer mucho mayor de lo que pensaba. No parece haber importado mucho al final: él a menudo describió su matrimonio como “casi perfecto.” Es irónico que el escritor que creó uno de los personajes más emblemáticos en la historia de la literatura norteamericana, el solitario detective privado Philip Marlowe, era en sí mismo dedicado al hogar y adoraba a su esposa mayor que él. Durante sus años juntos, Chandler y Cissy llevaron una existencia casi hermética, con pocos amigos o familiares que interrumpieran su privada existencia. Cissy, que tenía fama de ser alegre y ocurrente, así como poseedora de una gran belleza (“es irresistible,” escribió Chandler sobre ella, “sin siquiera saberlo o preocuparse mucho al respecto”), ayudó a mantener a su esposo sobrio, cocinándole excelentes comidas, y, en general, cuidando de él en todos los sentidos. Su buen humor ayudó a levantar los obscuros estados de ánimo del escritor, y los ingeniosos intercambios por los cuales su detective privado Philip Marlowe se hizo famoso, fueron a cierto grado interpretados en su propio matrimonio hacia la mujer que adoraba y que él amorosamente cuidó a través de la abominable anarquía de la vejez.

Chandler sólo vivió cinco años después de la muerte de Cissy – cinco años problemáticos e infelices. Parte de ese tiempo lo pasó en Londres, escenario de gran parte de su juventud, donde había sido criado por su madre divorciada, de origen irlandés-anglosajón, y asistiendo al Colegio Dulwich (su padre estadounidense había abandonado a la familia cuando Chandler tenía sólo siete años y vivían en Nebraska). Pero una buena parte de sus últimos años los pasó en La Jolla, en varias casas de alquiler y hoteles. Tras la muerte de Cissy, vivió intermitentemente en el Hotel Del Charro. También en una casa de alquiler en Park Row, 1265, y más tarde se instaló en una casa de campo en 6925 Neptune Place, donde escribió gran parte de su última novela, Playback, que tiene lugar en una versión ficticia de La Jolla llamada Esmeralda, con muchas escenas en un hotel inspirado en La Valencia. La novela se publicó en 1957, dos años antes de la muerte de Chandler.

Su última residencia fue en 834 Prospect Street, una casa que había alquilado a una mujer llamada Señora Murray, a la que parece haber tenido mucho cariño. La cabaña ya no está allí. Al igual que muchos lugares, es víctima de la reurbanización. Desde su residencia en Prospect Street, Chandler podía caminar hasta el centro del pueblo, cosa que hacía con frecuencia. El Bar Ballenero estaba a una corta distancia, aunque ha de haber parecido un largo trayecto para un escritor enfermo y solitario. Durante la investigación de mi libro sobre Chandler, em>El largo abrazo: Raymond Chandler y la mujer que amaba, pasé varias noches en El Bar Ballenero. Siempre me pareció un lugar mágico, lleno de fantasmas, y al mismo tiempo lleno de vida con el presente. Era el tipo de lugar que le gustaba a Chandler, aquel con un sentido del pasado, frecuentado por gente con buen gusto y clase.

Una vez dijo: me gusta la gente con buenos modales, con gracia, con un poco de intuición social, y una educación ligeramente por encima del fanático del Reader’s Digest, gente cuyo orgullo de vivir no se expresa en sus utensilios de cocina y automóviles. No me gusta la gente que no puede quedarse quieta durante media hora sin tener una copa en sus manos, y aparte de eso, prefiero a un borracho amable que a Henry Ford. Me gusta el ambiente conservador, con sentido del pasado, me gusta todo lo que los norteamericanos de generaciones anteriores solían ir a buscar en Europa, pero al mismo tiempo no quiero estar sujeto a reglas.

En El Bar Ballenero, uno podía encontrar esa atmósfera, y Chandler lo agradecía. El sentimiento civilizado exudado por el viejo hotel, la belleza del bar de ambiente íntimo, con sus auténticos arpones, candelabros de peltre, persianas de madera antigua, pinturas miniatura, tallados de marfil, y cabinas de cuero rojo; proporcionando una sensación de comodidad así como una estética agradable. Incluso el mural en la pared sobre la barra, que representa una escena de caza de ballenas en Nueva Bedford, pintura original de Wing Howard, le ha de haber impresionado – ese pequeño trozo de la Costa Este del Antiguo Mundo trasplantado al nuevo. Me pregunto si él estaba cerca cuando la sangre se pintó fuera del agua – cuando las ballenas heridas, atravesadas por el arpón, agonizaban con un sufrimiento mágico, sin derramamiento de sangre, y las enturbiadas aguas azules se convertían en inmaculadas por las bestias moribundas – solo para satisfacer a los clientes del bar, a quienes no les gusta mezclar la tragedia con la hora feliz.

Los bares eran algo que Chandler conocía bien, después de haber pasado una buena cantidad de horas en muchos de ellos. Para él, los bares poseen una belleza y magia especial, especialmente a esa hora fascinante en la que abren sus puertas: Me gustan los bares cuando acaban de abrirse. Cuando la atmósfera interior todavía es fresca, limpia, todo está reluciente y el barman se mira por última vez al espejo para ver si la corbata está derecha y el cabello bien peinado. Me gustan las botellas prolijamente colocadas en los estantes del bar y los vasos que brillan y la expectación. Me gusta observar cómo se prepara el primer cóctel de la noche y se coloca sobre una impecable carpeta con una servilletita doblada al lado. Me gusta saborearlo lentamente. El primer trago tranquilo de la noche, en un bar tranquilo, es maravilloso.

Raúl Guerrero ha captado el sentimiento de este tipo de bar, El Bar Ballenero, en pinturas que sugieren que el presente y el pasado, una atmósfera enrarecida, donde el tiempo se detiene, la gente se alínea para un cocktail, o un martini, o un whisky en las rocas, y el mundo exterior continúa sin ser visto. Pero aquí el tiempo es detenido por un rato.

Siempre he admirado las pinturas de Raúl, pero tengo un afecto especial por esta obra y su representación de un icono histórico de La Jolla. Porque me recuerda a Chandler, sin duda el más emblemático de muchos vecinos ilustres de La Jolla y también uno de mis héroes literarios, un gran novelista americano que una vez dijo de sí mismo que sólo él y Marilyn Monroe habían logrado llegar a todos los frentes – frente alto, frente bajo y frente medio. Esa era su magia y su legado, esta capacidad de transformar la humilde novela de misterio en literatura para llegar a todas las generaciones y razas y diferentes clases sociales para captar su audiencia. Y es aquí, en este muy particular paisaje atemporal y espacial del Bar Ballenero, donde Raúl Guerrero y el Sr. Chandler finalmente se encuentran. Creo que se hubieran caido bien el uno al otro.

 
Judith Freeman, 26 de Septiembre, 2007
“El Bar Ballenero: La Jolla”
Athenaeum (Ateneo) Librería de Música & Arte, Catálogo de la Exhibición

 
Raul Guerrero, “The Whaling Bar”, dibujo, 2003, tinta india/sepia, soft pastel, 20 x 27 pulgadas